domingo, 23 de diciembre de 2018

La Guía del autoestopista galáctico. Capitulo 8 Douglas Adams

La Guía del autoestopista galáctico es un libro absolutamente notable. Se ha compilado y recopilado bastantes veces a lo largo de muchos años bajo un cúmulo de direcciones diferentes. Contiene contribuciones de incontables cantidades de viajeros e investigadores.

La introducción empieza así:

«El espacio —dice— es grande. Muy grande. Usted simplemente se negará a creer lo enorme, lo inmensa, lo pasmosamente grande que es. Quiero decir que quizá piense que es como un largo paseo por la calle hasta la farmacia, pero eso no es nada comparado con el espacio. Escuche…», y así sucesivamente.

(Más adelante el estilo se asienta un poco, y el libro empieza a contar cosas que realmente se necesita saber, como el hecho de que el planeta Bethselamin, fabulosamente hermoso, está ahora tan preocupado por la erosión acumulada de diez mil millones de turistas que lo visitan al año, que cualquier desproporción entre la cantidad de alimento que se ingiere y la cantidad que se excreta mientras se está en el planeta, se elimina quirúrgicamente del peso del cuerpo en el momento de la marcha del visitante: de manera que siempre que uno vaya al lavabo, es muy importante que le den un recibo.)
Pero, para ser justos, al enfrentarse con la simple enormidad de las distancias entre las estrellas, han fallado inteligencias mejores que la del autor de la introducción de la Guía. Hay quienes le invitan a uno a comparar por un momento un cacahuete en Reading y una nuez pequeña en Johannesburgo, y otros conceptos vertiginosos.

La verdad pura y simple es que las distancias interestelares no caben en la imaginación humana.

Incluso la luz, que viaja tan deprisa que a la mayoría de las razas les cuesta miles de años comprender que se mueve, necesita tiempo para recorrer las estrellas. Tarda ocho minutos en llegar desde la estrella Sol al lugar donde estaba la Tierra, y cuatro años hasta el vecino estelar más cercano al Sol, Alfa Próxima.

Para que la luz llegue al otro lado de la galaxia, a Damogran, por ejemplo, se necesita más tiempo: quinientos mil años.

El récord en recorrer esta distancia está por debajo de los cinco años, pero así no se ve mucho por el camino.

La Guía del autoestopista galáctico dice que si uno se llena los pulmones de aire, puede sobrevivir en el vacío absoluto del espacio unos treinta segundos. Sin embargo, añade que, como el espacio es de tan pasmosa envergadura, las probabilidades de que a uno lo recoja otra nave en esos treinta segundos son de doscientas sesenta y siete mil setecientas nueve contra una.

Por una coincidencia asombrosa, ése también era el número de teléfono de un piso de Islington donde Arthur asistió una vez a una fiesta magnífica en la que conoció a una chica preciosa con quien no pudo ligar, pues ella se decidió por uno que acudió sin invitación.

Como el planeta Tierra, el piso de Islington y el teléfono ya están demolidos, resulta agradable pensar que en cierta pequeña medida todos quedan conmemorados por el hecho de que Ford y Arthur fueron rescatados veintinueve segundos más tarde.

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